domingo, 30 de abril de 2017

Marru




No fue casual, se los dije. Desde que aquella calurosa y húmeda tarde del sempiterno verano sureño, inesperadamente ella nos sorprendió en la entrada del edificio comencé a sospechar que algo inaudito sucedía.  Y así fue, Marru nunca acostumbraba acercarse a los habitantes del edificio 520. Y aunque también la rechoncha y curtida edificación de 2 niveles era su hogar, ella jamás apreció ni confió en su vecinos humanos, hasta esa soleada tarde en la cual llegábamos mis nuevos compañeros de morada y yo, con algunas compras para preparar el almuerzo del día.


 La pequeña Sofi fue la primera en toparse con Marru en la entrada, y como buena amante de los animales su reacción fue inclinarse a acariciar a la esbelta y grisácea gata rayada, la cual solo le permitía dicho privilegio a la chica del apartamento 8, puesto que ella no sé desde cuando le proporcionaba alimentos en una pequeña taza en la planta de arriba al frente de su puerta. Particularmente, desde que llegué a vivir al 520 y vi a esa preciosa y pequeña gata ojiverde, en reiteradas ocasiones intenté tocarla, pero ella nunca me lo permitió.


 Sofi comenzó a hablarle y la gata la miraba como respondiendo las palabras lanzadas por la niña. De esa forma, Tifa secundo a Sofi y entre ambas entablaron una linda atmósfera fraternal en torno al animal. Luego se sumó Ed y Yeri mientras yo, un tanto sorprendido contemplaba la escena, y absorto me preguntaba cómo era posible que después de ser tan esquiva y osca la gata permitiese de un momento a otro ser toqueteada por tantas manos a la vez. Lo cierto es que  fui el último en incorporarse al manoseo cariñoso entorno al felino.


  Fui el primero en rentar el domicilio en el edificio 520, y luego paulatinamente fueron llegando mis otros compañeros. Por ende les expresaba mi asombro por el hecho del contacto con la felina, y de su comportamiento ese día puesto que ella era una gata sin hogar y un poco silvestre. Pensé que era algo atípico y que seguramente fue debido al hambre y al notar las bolsas que portabamos decido relacionarse, ergo especulé.


  Pues bien, desde aquel momento Marru jamás se alejó de la puerta del apartamento número 1, en el cual estábamos todos nosotros; una linda familia elegida que constaba de 5 miembros.  De esa forma, todos inconscientemente adoptamos a la felina y comenzamos a alimentarla varias veces al día. Luego llegaron los accesorios para ella como cojín de descanso, juguetes y platos para el alimento y el agua, y una caja de juegos. Casi sin mediar palabras, todos tomamos una metódica responsabilidad para con ella.


  Marru de un día a otro se atrevió a entrar a la pieza habitacional y de a poco la exploró. Su lugar favorito fue precisamente la cama de Tifa y Sofi, en la cual cada vez que podía se posaba y a veces husmeaba alrededor del objeto de descanso. Aunque nunca quiso quedarse a vivir con nosotros ella formaba parte de la familia. Algunas noches nos despertó en la madrugada por algún capricho, o para avisarnos algo que nunca entendimos o para alardear de uno que otro trofeo de caza. Por el día nos recibía al llegar como un expedito oficial de seguridad. Se aprendió todas nuestras rutinas, e incluso fungía de nuestra guardiana residencial.


  Una mañana Ed al salir al trabajo se percató de un carga que la gata llevaba consigo, y después de unos cuantos meses la depositó en su caja de juegos. Nueve frágiles y lindos cachorros fueron concebidos por ella, los cuales cuidamos hasta que un día la dueña del edificio nos coaccionó tanto que debimos tomar una difícil  decisión. Separar a Marru de sus hijos para protegerlos a todos del envenenamiento. Ya ni la propietaria del lugar ni los vecinos la querían allí, y menos con otros tantos mininos más.


    Ella supo reponerse de la separación, y nosotros también, pensando en la promesa ofrecida en el refugio animal de buscar un buen hogar para cada cachorro de Marru. Como de costumbre, de tanto en tanto Marru continuó entrando al departamento con algún propósito que yo pude ir entendiendo al pasar el tiempo y después de analizarla. Cada que vez que Tifa estaba en su período de menstruación, o estresada, o angustiada; o cuando Sofi lloraba o entristecía Marru buscaba  cercanía con ellas o buscaba lugar en la cama de ellas.


  Y sí, el estar junto a las chicas era de muy buena utilidad. Era algo terapéutico. Cuando algunos de los otros miembros estábamos algo taciturnos o con baja energía ella saltaba hasta adentro por alguna de las ventanas, y allí se quedaba a nuestro lado. En medio de alguna confrontación entre nosotros la minina sabía cómo interponerse para apaciguar los ánimos. Siempre supo cómo cambiar nuestro ánimo para mejor, escuchó nuestros monólogos con ella, en silencio. Su armónico ronroneo nos complacía en cada momento y también su inocencia felina al jugar con nosotros nos partía a carcajadas. Eso sí, el baño fue toda una misión imposible de acometer. Le huía tanto que en reiteradas veces nos dejó de visitar por ello.


  Entre todo, Marru nos propinaba ratos felices y agradables. Nos cambió la vida y nuestra manera de ver el mundo y a los animales. Siempre teoricé que la gata tenía algún extraño influjo en nosotros. Sus espontaneidades y ocurrencias nos hicieron entender cuán equivocados estábamos con respecto a los seres de otras especies, pues ella era como un humano. De esa forma, en un chequeo rutinario en el hospital Tiffa se enteró de la asombrosa reducción de un quistes en sus ovarios, entonces ella le achacó el hecho a Marru. Y todos le creímos, puesto que a cada uno la gata le había dejado un milagro en su cotidianidad.


  En una ocasión Marru desapareció unos cuantos días, y nuestra búsqueda fue infructuosa. Pensamos lo peor, y la extrañamos muchísimo. Pero una tarde llegó nuevamente a la puerta del apartamento sumamente delgada y con la faz consumida como si de inanición se tratase. No estaba herida, solo muy sucia. Intentamos restablecerla con un cálido baño (el primero en su vida) con alimento y bebida, pero nada de éso fue suficiente. Marru solo permanecía echada y respirando con dificultad. Era como si luchara contra algo que intentaba llevársela de este plano existencial.


  Tomamos la decisión de llevarla al veterinario, pero por cuestiones de compromisos solo Tiffa podría trasladar a nuestra peluda amiga hasta el centro para mascotas. El día llegó y Tiffa la tomó de su pequeño colchón en la entrada, la abrigó y la llevó consigo hasta el taxi que las trasladaría. Marru se sentía muy mal y asustada, tanto que en un par de ocasiones con mucho esfuerzo intentó escapar, pero su fisonomía flaqueaba. Tiffa comenzó a cantarle y a decirle lindas palabras, y Marru solo la miraba fijamente, como agradeciéndole su amistad a pesar de ser tan diferentes, aunque iguales.


  Ella se tranquilizó, y Tiffa pensó que se había dormido.  Entonces, la naturaleza de Marru expiró e hizo saber que había partido. La muchacha lloró desconsolada con el cuerpo en sus brazos, hasta la llegada al hospital. El taxista no acaba de entender, y solo pudo callar. La gata murió en sus brazos, sintiéndose amada y protegida, dejando a su paso una gruesa lección de vida a sus amigos humanos. Demostrandonos así que ella nos adoptó a nosotros, y no al contrario.
  

lunes, 6 de marzo de 2017

Carta a la Chica Vintage

Hoy te escribo desde la lejanía, por primera vez. La distancia me ha llenado de valor, y estar por estas latitudes me ha hecho encontrarme con lo desconocido. Con eso que no me pertenece, y gracias a lo que me es ajeno he recordado una cosa: que me gustas exageradamente. No sé por qué, pero siempre conseguí en ti un halo de dulzura y antipatía que me atraía. Muchas veces te aprecie llegar al salón de clases, tarde como de costumbre, con un ritmo tan pausado y seguro que me causaba gracia y admiración.
  No me explicaba cómo es que lograbas dejar atrás esos cinco pisos eternos con sus gruesas escaleras, y sus largos pasillos y llegar a destiempo a las aburridas clases matutinas sin un rastro de cansancio, de desaliento, de preocupación o vergüenza. Ahora puedo comprender que tú sabías lo que muchos de nosotros, los que llegábamos cinco o diez minutos antes de la clase, ignorábamos. Y no era es más que lo aburrido e innecesario de oír reiteradas veces algo que al final de cuentas no nos serviría a la hora de ejercer nuestra bella profesión.
   Entonces llegabas indiferente, impoluta, en tu ligera e impenetrable burbuja y me sacabas esa preocupada sonrisa que trataba de excusarse por ti ante los demás, ante el facilitador de turno, ante esos miles de escalones que debíamos soltear para poder estar frente a la pizarra y al profesor con esas ganas de aprender, de ser mejores. Con ansias de saber. Yo trataba de disculparme por ti pero a ti la impudicia ya te había excusado ante todos.
  Llegabas, buscabas el lugar que mejor te conviniese y allí te postrabas, con esas lindas zapatillas y esas coquetas faldas de muñecas coleccionables. Colocabas tu morral en el suelo (a un lado) y de a poco sacabas tus letales armas las cuales forjaron tus ideales, e intermitentemente nos regalabas tu brillantez al momento de intervenir. Yo siempre atento a tus palabras, a tus ideas, a tus movimientos; siempre esperando esa fugaz mirada que me lanzabas y así poder apreciar esos preciosos ojos detrás de eso inmensos anteojos que te quedaban tan bien.
  Aunque siempre quise conversar contigo jamás encontré motivo para hacerlo. Tu efluvio me decía muchísimo, tanto que me negaba a aceptar todo lo que percibía de ti. Solo te observaba llegar y alejarte, y eso para mí era la mejor conversación del mundo. En esos breves instantes yo podía imaginarme tus gustos, tus miedos, tus alegrías, tus preferencias, tus molestias. Yo podía intuir quién y cómo eras, y eso me gustaba. Me gustaba la imagen que me había creado de tu personalidad, cosa que tu persona me había ayudado a fabricar.
  En todo momento te veía pasar, te seguía con la mirada y eso me bastaba. Me conformaba con  verte alejar dejando tras de ti una pasión creciente en mi interior y un aroma dulce y tropical que todavía puedo oler. Reconozco que siempre te admiré y siempre quise acercarme y poder arrojarte a la cara toda la carga que arrastraba, pero no quería perder ese idealismo que había elaborado en torno a ti, y sabía a cabalidad que tu rechazo inminente no sería lo que me destrozaría, sino el hecho de perder a esa musa, a esa mujer prefabricada y utópica que me acompañaba por las mañanas en los salones de clases mientras cursaba mis estudios superiores.
  No había conocido anteriormente una chica tan bella, tan pulcra y tan inteligente, y si tú eras capaz de darme esa imagen y hacer volar mi imaginación no quería que fueses capaz de romper mi íntima ilusión, esa que me disfruté día a día y a ratos, donde el observarte era un magnánimo placer el cual tenía de protagonista a una desconocida compañera de clases y a un idiota que se creaba historias entre sus miedos y fracasos. Es por ello que hoy, finalmente, tanta soledad me hace sincerarme. Por supuesto, la separación territorial me escuda pero también me impulsa.
  De esa forma me confieso ante ti, tardío, pero entusiasta porque sé que ahora tu indiferencia o rechazo no me dañará en lo absoluto. Ahora muy bien puede suceder lo temido; que tengas un novio (o varios) que estés casada, o en aras de; que te gusten las mujeres, que no te gusten las mujeres -ni los hombres- que tengas una enfermedad terminal, que es lo menos que deseo. En resumidas cuentas, cualquiera que sea tu contestación a esta cobarde declaración no me estropeará.
   No lo hará porque el daño ya está hecho, y lo propiné yo mismo al haber puesto tanta tierra y mar en medio de los dos, el daño lo hice al no dirigirte la palabra en tantos años de encuentros matutinos, en tantos cruces de gélidos pasillos en los cuales no me cansé de apreciar esos bellos cabellos crespos sostenidos con esa variedad de cintas y cintillos -que por cierto, el de polka dots me encantaba-. Por ello, ya no hay pena que valga en esta pasión que me disfruté y sufrí en silencio, a mi manera.
  Quiero que por último sepas que de haber expresado mi sentimiento hacia ti seguramente hubiese nacido una linda amistad, al menos. Tú y yo tenemos mucho en común: el amor por el arte, especialmente el cine y el teatro. Gustos similares por la fotografía y la literatura, así como por los espacios abiertos. En fin, muchas expresiones humanas nos atraen y de seguro sobre qué conversar tendríamos en demasía.
  Pero ahora que lo pienso al fin y  al cabo no creo que te interese mucho, puesto que hombres que coinciden conmigo te sobran, así que ser uno más no me agrada. Yo seguiré admirándote desde otra perspectiva, desde otra realidad, en silencio, hacia dentro. Seguirás siendo mi quimérica niña de antaño.